Hago y escribo lo que me sale y me viene en gana.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Tarde de domingo.


El segundero del reloj de la mesita de noche hacía “tic, tac” “tic, tac”. Se había sentado en la gran butaca vieja que había comprado en una tienda de antigüedades por 90 euros. Sus piernas desnudas descansaban en un pequeño taburete. Su pelo recogido con un lápiz, mientras unos mechones le caían despreocupadamente en la cara. Solo una camisa blanca cubría su cuerpo. En su mano un cigarro se consumía, “Tendré que dejarlo”, se decía cada día. De frente un ventanal enorme desde donde se veía la gran ciudad. A su lado Anubis, su gato persa, dormía plácidamente en su gran cojín. Una vela derretía lentamente la cera mientras desprendía un olor a canela y manzana que se mezclaba con el humo del tabaco y ascendía hacia en techo formando espirales.
De fondo se escuchaba “To love somebody” de Janis Joplin.
Miró a su lado, su cama estaba deshecha y vacía, con las sábanas revueltas y unos vaqueros en el suelo. Llevaba demasiadas noches en los brazos del mismo hombre, y eso posiblemente no le favorecía a ella, la reina de la independencia, aunque él era del tipo que le gustaba, un moreno fuerte con chupa de cuero y Jimi Hendrix sonando en su coche.
“Dame lo que quiero y yo responderé igual. Y te aviso, querré más, y tú también.” Le decía a todo aquel que se dignaba a hacerla feliz.

Sonrió mientras contemplaba aquella escena, aquella ciudad llena de gente que iba y venía hacia ninguna parte, que gastaban su sueldo en caprichos caros, hablaban por el móvil o llegaban tarde a cualquier sitio.
Apagó el cigarro y le dio un sorbo a su café. Anubis saltó a su regazo pidiendo atención, solo aquella que podía aportarle su dueña, la que solo le guardaba fidelidad a él.
“Eres el único hombre que me entiende, ¿verdad?- Le decía mientras este ronroneaba suavemente.
Se apoyó en el regazo de aquel sillón usado y cerró los ojos mientras relamía aquella libertad increíblemente maravillosa que dominaba su vida.