Proseguimos nuestra historia compartida entre mi compi Angie y una servidora :)
4º capítulo.
Llegaba a casa cansada después de haber pasado la mejor semana de toda mi vida. Las chicas y yo habíamos ido a visitar a una prima de mi amiga a París.
Al principio de curso, las 5 propusimos que si salíamos limpias en junio, nos iríamos a París, la ciudad de la luz, la ciudad de la magia, la ciudad del amor. Nuestros padres no pudieron negarse, habíamos ahorrado durante todo el año y nuestros expedientes eran más que buenos, así que partimos rumbo a Francia.
La semana se me pasó volando. Visitando el Louvre, admirando la torre Eiffel en todo su esplendor, el olor a crepes flotando en el aire, paseando por esas calles tan pequeñas donde la gente mostraba sus dotes para la pintura, merendando en esas cafeterías que crees que solo existen en las películas o escuchando el sonido roto de un saxofón en cualquier esquina. Fue como un sueño. Me enamoré locamente, y decidí que de mayor quería ser como Amélie, tener un ático y un gato y levantarme todos los días viendo de fondo la maravillosa cuidad parisina.
Un día, Lucía y yo nos quedamos retrasadas del grupo cuando admirábamos en un escaparate un vestido increíble que no nos podríamos permitir ni en sueños, cuando me sorprendió con un comentario.
- Con ese vestido dejarías a Rober sin palabras.
Lucía era de esas chicas que nunca sabes si te dicen la verdad, con las que tienes la sensación de que tienes que ir con cuidado, pero el año pasado llegó nueva y habíamos decidido que le daríamos una oportunidad en nuestro grupo reducido de 4. Hasta ahora, nos había demostrado ser una buena amiga, pero yo tenía ese extraño presentimiento que me decía que no debía fiarme de ella.
- ¿Por qué dices eso?
- Vamos Gabi, sé que no confías en mí tus líos amorosos, pero hay que ser muy tonta para no darse cuenta de que te gusta.
- Guille dice que no debo fiarme de él, pero es que conmigo es diferente.
- Rober puede ser distinto si ve que esa persona le gusta, te lo digo yo que hablo bastante con él y sé que te tiene ganas.- Rió como si supiera algo de lo que yo no estaba al tanto.
Esa tarde no me separé de ella hasta que no me cansé de hacerle preguntas sin parar.
La semana había sido increíble. Las ganas de volver a casa eran nulas, y más si pensaba que me esperaba un asunto que resolver.
Desde aquel día tan extraño en que encontré la nota y la foto, nada había vuelto a ocurrir.
Cuando llegué a mi habitación y dejé la maleta, me di cuenta de que todo estaba como lo había dejado antes de irme. Nada roto, nada fuera de su sitio. Me dije a mí misma que empezaría mi investigación al día siguiente sin más demora.
Después de dormir doce horas seguidas y darme una buena ducha y un buen desayuno, decidí que ya era hora de ponerme a trabajar.
Saqué la nota del cofre y volví a releerla. Volví a mirar aquella foto de la playa y me pregunté quién sería ese tal Eduard.
A decir verdad, mi madre nunca había hablado de su padre. En mi casa eso era un tema tabú. La única historia que a mí me habían contado desde pequeña, era que mi abuela había sido una campeona que sola había sacado adelante una familia, sin ayuda de nadie, y que mi madre y mis tíos se habían criado sin un padre. Al menos, eso era lo que a mí me habían dicho, ya no sé cuánto de verdad tenía esa historia.
No sabía por dónde empezar. Me quedé un buen rato contemplando la foto, dándole vueltas a la nota, pero sabía que allí no iba a averiguar nada, y se me encendió la luz. La casa de mi abuela.
Llevaba sin entrar en aquella casa desde el fatídico día en el que mi abuela abandonó el mundo de los vivos, y no estaba segura de si ahora tendría el valor suficiente como para intentarlo. Sabía que todas sus cosas personales habían sido retiradas de su habitación, pero mi madre no había querido tirar nada, así que todo estaría en la buhardilla, desde sus joyas, pasando por sus perfumes y todos sus recuerdos. No habían querido vender aquel terreno que traía tan buenas sensaciones a todos nosotros.
Sabía que sola no podía con todo aquello, y aunque Guille me tomara por loca y pensara que mi mente deliraba sutilmente, lo necesitaba.
- ¿Guille? ¿Tienes algo que hacer esta tarde?- Mi voz sonó inquieta por el teléfono.
- Umm… Bueno, se podría decir que sí.
- ¿Tú? ¿En verano? ¿Algo que hacer?
- Sí… - Era como si me estuviese ocultando algo. – Tengo una especie de cita, Gabi.
- Ah… - No sé por qué me quedé tan planchada. Quizás fuera porque no me lo esperaba viniendo de él, el chico que pasaba de las chicas. - Y… ¿Con quién si puede saberse?
- Bueno… con Lucía, ya sabes… ¿Querías quedar?
- No, era por si te apetecía hacer algo. – No quise molestarlo con mis cosas. – Ya me contarás qué tal.
Después de colgar me sentí realmente mal. Era una mezcla extraña de sentimientos. Enfado porque no estuviera conmigo en algo importante, pero también debía sentirme feliz por él. Lucía llevaba colgada de Guille desde hacía unos meses y yo no iba a ser la que se interpusiera en eso, aunque me fastidiara que me “robara” a mi mejor amigo cuando más lo necesitaba.
Mi plan había cambiado, pero no podía dejar aquel tema más tiempo sin resolver, más que nada porque la intriga me comía por dentro.
No quise decirles nada a mis padres para no levantar sospechas, así que me preparé y cogí la llave de la casa de uno de los cajones de un mueble que tenía mi madre en su habitación. Salí con la excusa de haber quedado para ir al cine.
Cuando llegué a la puerta, los nervios que tenía aplacados, poseyeron mi estómago haciendo que hasta las manos me temblaran cuando me dispuse a introducir la llave en la cerradura.
La casa era de esos caserones antiguos que no necesitan aire acondicionado en verano, y se encontraba en una de las callejuelas de Córdoba que aún conservaba ese encanto de pueblo, y que estaba alejada del mundo turístico que tan poco agradaba a Gabriela.
La puerta chirrió al abrirse tal como sonaría en una película de terror. Dentro olía a humedad y a cerrado. El polvo cubría los muebles que no estaban cubiertos con sábanas. Me dispuse a abrir algunas ventanas para que todo dejara de parecer tan tétrico y subí directamente a la buhardilla. Mientras menos tiempo permaneciese allí sola, mucho mejor.
La casa tenía tres plantas, la buhardilla se encontraba en la última, y a ella se accedía por una escalera de madera que crujió cuando pisé el primer escalón. Abrí la puerta y entré. Busqué el interruptor de la luz, y obviamente no funcionaba, así que busqué algo que pudiera servirme de ayuda, y encontré una linterna y una vela en una de las habitaciones del piso inferior.
Era una estancia pequeña y estaba atestada de objetos antiguos. Entré con miedo y con cuidado. Pilas de cajas tapadas con sábanas se amontonaban en una esquina. Había allí un tocador, una mesita de noche, y miles de objetos inservibles.
Me pasé lo que sería una hora abriendo todas las cajas, en las que había revistas, periódicos antiguos, libros, pero nada interesante. Estaba enfrascada mirando un artículo de una revista de arte, cuando uno de los cajones del mueble que tenía al lado se abrió de golpe. Mi corazón se aceleró a mil por hora y me quedé petrificada sin poder mover un músculo de mi cuerpo. Cuando logré recuperarme un poco del susto, fui a mirar el contenido de aquel cajón. Estaba lleno de cartas y postales, y en todas ellas aparecía el nombre de Eduard. Leí unas cuantas, allí sentada en el suelo. Eran cartas de amor en las que mi abuela y aquel señor se describían todo lo que hacían durante el día y detallaban lo mucho que se echaban de menos mutuamente.
Miré el reloj y me di cuenta de que se me había hecho tarde, así que tuve que recoger, pero me llevé unas cuantas de ellas conmigo para poder leerlas cuando llegase a casa.
Cuando iba a salir, descubrí algo que me llamó la atención. En la pared del fondo había un caballito de madera que yo nunca había visto en la casa. Retiré el plástico que lo cubría y lo examiné a la luz de la vela. Estaba nuevo, intacto. Era antiguo, pero parecía que nunca había sido tocado. Y otras vez esas iniciales, “G.E.”, grabadas en una parte del balancín, que ya empezaban a mosquearme.
Al llegar a casa, subí rápidamente a mi habitación y desparramé todas las cartas en mi escritorio, me senté en la silla y cogí una al azar.
“Querida Gabi,
Todo está vacío sin ti. Esta casa me apresa cual cárcel con sus rejas. No como, ni siquiera puedo dormir por las noches. Sé que nunca me perdonarás por lo que te hice, pero por favor, dame contestación y dime al menos que la niña anda bien.
Te quiere, Eduard.”
Casi todas las cartas que leí a continuación contenían mensajes de súplica. Apenas contaba nada de su vida, solo estaba desesperado por obtener la contestación de mi querida abuela.
Me di cuenta de que las cartas no tenían remitente, por lo que supuse que era algún conocido de los dos quien entregaba la correspondencia.
“¿Qué te hizo aquel hombre, abuela?”, me pregunté a mí misma.
Y en aquel preciso instante se me vino una pregunta a la cabeza… ¿Y si ese tal Eduard seguía vivo?
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