Hago y escribo lo que me sale y me viene en gana.

miércoles, 24 de agosto de 2011

La caja de cerillas. (Continuación)

Proseguimos nuestra historia compartida entre mi compi Angie y una servidora :)

4º capítulo.

Llegaba a casa cansada después de haber pasado la mejor semana de toda mi vida. Las chicas y yo habíamos ido a visitar a una prima de mi amiga a París.
Al principio de curso, las 5 propusimos que si salíamos limpias en junio, nos iríamos a París, la ciudad de la luz, la ciudad de la magia, la ciudad del amor. Nuestros padres no pudieron negarse, habíamos ahorrado durante todo el año y nuestros expedientes eran más que buenos, así que partimos rumbo a Francia.
La semana se me pasó volando. Visitando el Louvre, admirando la torre Eiffel en todo su esplendor, el olor a crepes flotando en el aire, paseando por esas calles tan pequeñas donde la gente mostraba sus dotes para la pintura, merendando en esas cafeterías que crees que solo existen en las películas o escuchando el sonido roto de un saxofón en cualquier esquina. Fue como un sueño. Me enamoré locamente, y decidí que de mayor quería ser como Amélie, tener un ático y un gato y levantarme todos los días viendo de fondo la maravillosa cuidad parisina.

Un día, Lucía y yo nos quedamos retrasadas del grupo cuando admirábamos en un escaparate un vestido increíble que no nos podríamos permitir ni en sueños, cuando me sorprendió con un comentario.
-          Con ese vestido dejarías a Rober sin palabras.
Lucía era de esas chicas que nunca sabes si te dicen la verdad, con las que tienes la sensación de que tienes que ir con cuidado, pero el año pasado llegó nueva y habíamos decidido que le daríamos una oportunidad en nuestro grupo reducido de 4. Hasta ahora, nos había demostrado ser una buena amiga, pero yo tenía ese extraño presentimiento que me decía que no debía fiarme de ella.
-          ¿Por qué dices eso?
-          Vamos Gabi, sé que no confías en mí tus líos amorosos, pero hay que ser muy tonta para no darse cuenta de que te gusta.
-          Guille dice que no debo fiarme de él, pero es que conmigo es diferente.
-          Rober puede ser distinto si ve que esa persona le gusta, te lo digo yo que hablo bastante con él y sé que te tiene ganas.- Rió como si supiera algo de lo que yo no estaba al tanto.
Esa tarde no me separé de ella hasta que no me cansé de hacerle preguntas sin parar.

La semana había sido increíble. Las ganas de volver a casa eran nulas, y más si pensaba que me esperaba un asunto que resolver.
Desde aquel día tan extraño en que encontré la nota y la foto, nada había vuelto a ocurrir.
Cuando llegué a mi habitación y dejé la maleta, me di cuenta de que todo estaba como lo había dejado antes de irme. Nada roto, nada fuera de su sitio. Me dije a mí misma que empezaría mi investigación al día siguiente sin más demora.

Después de dormir doce horas seguidas y darme una buena ducha y un buen desayuno, decidí que ya era hora de ponerme a trabajar.
Saqué la nota del cofre y volví a releerla. Volví a mirar aquella foto de la playa y me pregunté quién sería ese tal Eduard.
A decir verdad, mi madre nunca había hablado de su padre. En mi casa eso era un tema tabú. La única historia que a mí me habían contado desde pequeña, era que mi abuela había sido una campeona que sola había sacado adelante una familia, sin ayuda de nadie, y que mi madre y mis tíos se habían criado sin un padre. Al menos, eso era lo que a mí me habían dicho, ya no sé cuánto de verdad tenía esa historia.

No sabía por dónde empezar. Me quedé un buen rato contemplando la foto, dándole vueltas a la nota, pero sabía que allí no iba a averiguar nada, y se me encendió la luz. La casa de mi abuela.
Llevaba sin entrar en aquella casa desde el fatídico día en el que mi abuela abandonó el mundo de los vivos, y no estaba segura de si ahora tendría el valor suficiente como para intentarlo. Sabía que todas sus cosas personales habían sido retiradas de su habitación, pero mi madre no había querido tirar nada, así que todo estaría en la buhardilla, desde sus joyas, pasando por sus perfumes y todos sus recuerdos. No habían querido vender aquel terreno que traía tan buenas sensaciones a todos nosotros.
Sabía que sola no podía con todo aquello, y aunque Guille me tomara por loca y pensara que mi mente deliraba sutilmente, lo necesitaba.
-          ¿Guille? ¿Tienes algo que hacer esta tarde?- Mi voz sonó inquieta por el teléfono.
-          Umm… Bueno, se podría decir que sí.
-          ¿Tú? ¿En verano? ¿Algo que hacer?
-          Sí… - Era como si me estuviese ocultando algo. – Tengo una especie de cita, Gabi.
-          Ah… - No sé por qué me quedé tan planchada. Quizás fuera porque no me lo esperaba viniendo de él, el chico que pasaba de las chicas. - Y… ¿Con quién si puede saberse?
-          Bueno… con Lucía, ya sabes… ¿Querías quedar?
-          No, era por si te apetecía hacer algo. – No quise molestarlo con mis cosas. – Ya me contarás qué tal.

Después de colgar me sentí realmente mal. Era una mezcla extraña de sentimientos. Enfado porque no estuviera conmigo en algo importante, pero también debía sentirme feliz por él. Lucía llevaba colgada de Guille desde hacía unos meses y yo no iba a ser la que se interpusiera en eso, aunque me fastidiara que me “robara” a mi mejor amigo cuando más lo necesitaba.
Mi plan había cambiado, pero no podía dejar aquel tema más tiempo sin resolver, más que nada porque la intriga me comía por dentro.
No quise decirles nada a mis padres para no levantar sospechas, así que me preparé y cogí la llave de la casa de uno de los cajones de un mueble que tenía mi madre en su habitación. Salí con la excusa de haber quedado para ir al cine.
Cuando llegué a la puerta, los nervios que tenía aplacados, poseyeron mi estómago haciendo que hasta las manos me temblaran cuando me dispuse a introducir la llave en la cerradura.
La casa era de esos caserones antiguos que no necesitan aire acondicionado en verano, y se encontraba en una de las callejuelas de Córdoba que aún conservaba ese encanto de pueblo, y que estaba alejada del mundo turístico que tan poco agradaba a Gabriela.
La puerta chirrió al abrirse tal como sonaría en una película de terror. Dentro olía a humedad y a cerrado. El polvo cubría los muebles que no estaban cubiertos con sábanas. Me dispuse a abrir algunas ventanas para que todo dejara de parecer tan tétrico y subí directamente a la buhardilla. Mientras menos tiempo permaneciese allí sola, mucho mejor.
La casa tenía tres plantas, la buhardilla se encontraba en la última, y a ella se accedía por una escalera de madera que crujió cuando pisé el primer escalón. Abrí la puerta y entré. Busqué el interruptor de la luz, y obviamente no funcionaba, así que busqué algo que pudiera servirme de ayuda, y encontré una linterna y una vela en una de las habitaciones del piso inferior.
Era una estancia pequeña y estaba atestada de objetos antiguos. Entré con miedo y con cuidado. Pilas de cajas tapadas con sábanas se amontonaban en una esquina. Había allí un tocador, una mesita de noche, y miles de objetos inservibles.
Me pasé lo que sería una hora abriendo todas las cajas, en las que había revistas, periódicos antiguos, libros, pero nada interesante. Estaba enfrascada mirando un artículo de una revista de arte, cuando uno de los cajones del mueble que tenía al lado se abrió de golpe. Mi corazón se aceleró a mil por hora y me quedé petrificada sin poder mover un músculo de mi cuerpo. Cuando logré recuperarme un poco del susto, fui a mirar el contenido de aquel cajón. Estaba lleno de cartas y postales, y en todas ellas aparecía el nombre de Eduard. Leí unas cuantas, allí sentada en el suelo. Eran cartas de amor en las que mi abuela y aquel señor se describían todo lo que hacían durante el día y detallaban lo mucho que se echaban de menos mutuamente.
Miré el reloj y me di cuenta de que se me había hecho tarde, así que tuve que recoger, pero me llevé unas cuantas de ellas conmigo para poder leerlas cuando llegase a casa.
Cuando iba a salir, descubrí algo que me llamó la atención. En la pared del fondo había un caballito de madera que yo nunca había visto en la casa. Retiré el plástico que lo cubría y lo examiné a la luz de la vela. Estaba nuevo, intacto. Era antiguo, pero parecía que nunca había sido tocado. Y otras vez esas iniciales, “G.E.”, grabadas en una parte del balancín, que ya empezaban a mosquearme.

Al llegar a casa, subí rápidamente a mi habitación y desparramé todas las cartas en mi escritorio, me senté en la silla y cogí una al azar.

“Querida Gabi,
Todo está vacío sin ti. Esta casa me apresa cual cárcel con sus rejas. No como, ni siquiera puedo dormir por las noches. Sé que nunca me perdonarás por lo que te hice, pero por favor, dame contestación y dime al menos que la niña anda bien.
Te quiere, Eduard.”

Casi todas las cartas que leí a continuación contenían mensajes de súplica. Apenas contaba nada de su vida, solo estaba desesperado por obtener la contestación de mi querida abuela.
Me di cuenta de que las cartas no tenían remitente, por lo que supuse que era algún conocido de los dos quien entregaba la correspondencia.
“¿Qué te hizo aquel hombre, abuela?”, me pregunté a mí misma.
Y en aquel preciso instante se me vino una pregunta a la cabeza… ¿Y si ese tal Eduard seguía vivo?


La historia continúa en: cajitaderecortes.blogspot.com 
:)

jueves, 11 de agosto de 2011

La caja de cerillas.

Aquí empieza nuestra historia compartida. Una historia que iremos escribiendo entre mi querida amiga Angie y yo. Os informo que el comienzo de la historia está en el blog "Recortes, escrituras y demás" ( http://cajitaderecortes.blogspot.com/ ). Siempre escribirá ella una parte en su blog y yo seguiré mi parte en el mío. Espero que disfrute quien le apetezca parar un ratito para leer. Un saludo :)

2º capítulo.

Los rayos del sol entraban por las rendijas de mi persiana e iban directamente a mis ojos, incitándoles a abrirse en este nuevo día en el que ya era mayor de edad.

Lentamente fui despegándolos y desperezándome, alargué el brazo para coger el móvil de la mesita de noche y ver qué hora era. Las 12 del mediodía. Me parecía temprano aún. Mi boca estaba pastosa y tenía un dolor punzante en la cabeza. Había celebrado mi llegada a los 18 con demasiado entusiasmo… y alcohol. Había sido una noche estupenda llena de risas, amigos, bailes, música,… Hasta Rober pareció mostrar algún interés hacia mí. Recuerdo lo estúpida que me puse cuando me habló, cómo los colores subieron a mi mejilla en un tiempo récord, cómo balbuceaba... “Idiota”, pensé. Pero sabía que por mucho que Guille, mi amigo de toda la vida, me dijese que no era para mí, mi encabezonamiento era proporcional a lo ciega que estaba por aquellos ojos azules que me recordaban al mar en invierno.

Me di media vuelta sonriendo, dando la espalda al sol y disponiéndome a dejarme llevar por el sueño de nuevo, cuando algo vino a mi mente. La llave, el cofre sin abrir, mi pequeño misterio sin resolver. Recordé vagamente cómo había encontrado aquel colgante de bronce la tarde anterior. No podía ser una casualidad, la abuela siempre lo decía, “Las cosas pasan por algo niña, no por simple azar”. Me levanté de un salto y fui al baño a refrescarme la cara y beber agua. Me miré al espejo, tenía una cara horrible.

Cuando regresé, busqué la llave descubriendo que la había depositado sobre mi escritorio. Allí estaba, esperándome, expectante. La cogí y la examiné centímetro a centímetro. Era una llave pequeña, con la cabeza redonda y dos espirales en las que se enlazaba un diminuto lazo color oro. Era realmente bonita, pero con las prisas del día anterior no había reparado en ello.

Miré a la estantería y allí estaba él, aquel cofre también me esperaba, me llamaba. “Gabi, ábreme”.

Estaba realmente nerviosa, no sabría decir ni explicar el por qué. Solo era una caja que si seguía las pautas de lo demás que me había dejado mi abuela en herencia, solo contendría algún otro trasto inservible. Cogí aquel cofre con mucho cuidado, lo deposité en el escritorio y me senté en la silla. Observé con más detenimiento cómo la madera había sido tallada en una serie de formas que jugaban con la imaginación, y me di cuenta cómo se repetía en el candado el mismo lazo color oro que tenía también la llave.

Cogí la llave y con mucho cuidado me dispuse a introducirla en el cerrojo. Se oyó un “click” y el candado cedió. Me temblaban las manos. Lentamente levanté la tapa y miré en el interior, llevándome la mayor desilusión de alguien que espera encontrar un gustoso tesoro y se encuentra con el vacío. No había nada. Absolutamente nada en aquel cofre que parecía contener de todo menos olor a humedad. Prefería haberme encontrado más cajas de cerillas a aquel vacío inexplicable. Me quedé mirando el interior como si esperara que por arte de magia empezaran a salir monedas como en las películas de piratas. La madera estaba forrada con tela de fieltro rojo por dentro, pero ésta no tenía ni una mancha, ni un rasguño. Era como si nunca hubiese sido utilizada. “Al menos me servirá para guardar mi bisutería”, pensé, aunque la decepción era visible en mi rostro.

Fue al cerrarlo, cuando me di cuenta de algo. En la tapa, por dentro, tenía una pequeña chapa en la que había grabadas unas letras con una caligrafía al más estilo de la vieja usanza. Era latín.

-          De-si-dium.- Pronuncié en voz alta.

De todo lo que sucedió en ese momento, solo tengo imágenes borrosas, pero recuerdo perfectamente cómo el miedo se apoderó de mí como nunca antes. De repente, la tapa del cofre se cerró de golpe. Una brisa suave se instaló en mi habitación moviendo las cortinas como si las meciera y un olor familiar inundó la estancia. Azahar, el olor de mi abuela.

Me levanté, y corriendo salí de allí y cerré la puerta. Mi corazón no paraba de latir a una velocidad extrema y un sudor frío me recorría la frente. Mi boca estaba seca, necesitaba agua. Bajé las escaleras a trompicones y llegué a la cocina. No esperaba encontrarme allí a mi madre cocinando. Me miró asustada cuando me vio aparecer.

-          Gabi hija, ¿estás bien?

Como respuesta solo me salió ir hasta ella y abrazarla. Mi madre me miró preocupada, me tocó la frente.

-          Estás blanca. ¿Qué ha pasado?

-          Nada mamá. Una pesadilla horrible. Solo eso.

-          ¡Qué susto me has dado hija!

Tardé en separarme de mi madre, como si ella pudiera protegerme de todos los peligros de la tierra con solo uno de sus abrazos, pero eso es lo que había creído siempre.

Después de beber agua y calmarme, pensé que lo mejor que podía hacer era contarle a alguien lo que me había sucedido, y quién mejor que Guille para desahogarme, así que subí a por mi móvil.

No se cuántos minutos pude estar delante de la puerta de mi cuarto sin moverme, sin atreverme a dar un paso, sin poder girar la manivela para poder entrar.

Cuando me hube armado de valor e intenté convencerme de que quizás solo había sido una alucinación provocada por mi resaca y la falta de sueño que se adueñaban de mi cuerpo, entré en aquella estancia que ahora me inspiraba respeto.

Todo seguía igual. La cama deshecha, la ropa de la noche anterior esparcida por el suelo, el cofre cerrado. Las cortinas ya no se movían y el olor a azahar había desaparecido.

Me senté en la cama y pensé en todo lo sucedido. Cerré los ojos y noté cómo la cabeza me daba vueltas. En realidad, si era mi querida abuela la que había querido venir a verme, no debería tener miedo. Sé que me cuidaba, lo sentía. Pero también sabía que tenía que averiguar el por qué de todo aquello.

Cogí el teléfono y busqué un nombre en mi lista de llamadas.

-          ¿Si?- Una voz ronca sonó detrás del altavoz.

-          ¿Te he despertado?

-          Sí, pero bueno, mi madre vendrá a llamarme en cuestión de minutos. ¿Qué pasa?

-          Tengo que contarte algo. Te necesito. ¿Quedamos esta tarde?



La historia continua en: http://cajitaderecortes.blogspot.com/
:)