10º Capítulo
Mientras me duchaba y emperifollaba pensaba en cómo se les había podido ocurrir toda aquella historia que parecía sacada de una serie de televisión por lo enrevesada que era.
Un remolino de sentimientos se agolpaba en mi cuerpo, y no sabía cómo hacer para separarlos. Sentía rabia por pensar que había perdido un tiempo precioso pensando que Lucía y Guille estaban juntos, estaba cabreada con Guille, pero a la vez me invadía una felicidad extrema al saber que mi enamoramiento absurdo tenía correspondencia por parte de mi amigo.
Decidí llamar a Lucía, y después de pedirme perdón mil millones de veces y confesarme que fue idea de ella, quedamos en que aquella noche yo haría como que no sabía nada del asunto y actuaríamos como lo habían hecho durante toda la estación estival. Le conté todo sobre mis sentimientos hacia Guille y se alegró tanto, que no tuvo ningún problema en ayudarme en lo que necesitara aquella noche.
Saqué mi nuevo vestido calado color beige y me subí a unos tacones con los que debería afrontar la noche si quería estar despampanante. Le di color a mis labios y me hice un recogido bajo. Cuando terminé me miré al espejo y sonreí. Esa noche sería mi noche, y no iba a perder el tiempo como hizo mi abuela tantos años atrás. Pero antes, Guille merecía un pequeño castigo.
A las 11, como siempre puntual, mi querido amigo llamó a la puerta.
Casi me caigo de espaldas cuando lo vi con aquel pelo alborotado, tan guapo y tan distinto a los demás chicos, y con ese olor suyo que me embriagó nada más se acercó a mí para darme un beso en la mejilla.
- ¡Vaya! Estás… muy guapa Gabi.- Dijo mientras noté como se le enrojecían las mejillas.
- Gracias. Tú también lo estás.- Me hubiera encantado tirarme en sus brazos y decirle que lo amaba con locura, pero debía seguir mi plan a la perfección.- ¿Nos vamos?
Esa noche no cogimos la moto. Preferimos cogernos un bus para llegar a casa de Jorge.
Habíamos quedado con Lucía a mitad de camino, y según lo hablado, tenían que seguir actuando si yo quería que todo saliese como tenía previsto.
Al llegar, ella le plantó un beso a Guille, quedándose mi amigo con cara de pasmarote. Una sonrisa cómplice se nos formó en la cara a las dos y nos miramos divertidas.
Jorge era el típico chico que lo tiene todo, pero que es buena persona, no de los típicos que presumen de que viven bien. No, él tenía amigos por cómo era, no por lo que tenía.
Su casa estaba situada en una de las zonas más caras y pijas de Córdoba y nos solía invitar siempre que sus padres no estaban para pasar la noche o el día en su piscina.
Al llegar nos quedamos atónitos con la decoración. Supuse que todo aquello había sido obra de Marta, su novia. Todo estaba repleto de velas, y cintas de colores colgaban del techo allá donde fueses. Habían montado una especie de barra en el jardín y un foco daba luz a aquella zona. La música estaba alta y te invitaba a no parar de bailar. No había mucha gente, la suficiente para estar a gusto y pasarlo bien.
Poco a poco iba cogiéndole el punto a la noche y pronto el alcohol empezó a actuar como una mezcla explosiva en mi cuerpo.
Guille y yo nos mirábamos de reojo desde la otra punta del jardín donde hablaba con unos y con otros, mientras las chicas y yo nos movíamos en la zona de baile que habíamos dispuesto en mitad del césped.
Mi estómago era un revoltijo de nervios y en lo único que pensaba era que quería besarle y soltar todo lo que llevaba dentro.
De repente, Lucía me cogió de la mano y me llevó arrastrando al servicio.
- ¿Se puede saber a qué estáis jugando?
- ¿Qué? ¿Quién?- Pregunté haciéndome la loca.
- Vamos Gabi… Lleváis toda la noche sin hablar, cada uno en una punta mirándoos de arriba abajo. No sé a qué estáis esperando la verdad.- Lucía me miró enfadada.
- ¿Y qué se supone que tengo que decirle? No lo sé Lucía. Lleva conmigo desde que tenemos 3 años, y se me hace extraño verlo de otra forma. Y me resulta muy difícil decirle todo lo que le tengo que decir.
- Pues ármate de valor antes de que la “nueva” quiera llevárselo esta noche.- Con la nueva nos referíamos a una prima de Irene que siempre venía en verano y que cada año se llevaba a algún miembro de la pandilla. Lucía me cogió de las manos y me miró muy seria.- Gabi, él piensa que no es correspondido, y no va a estar esperándote mucho más tiempo, ha perdido la ilusión y hasta tiene ganas de perderte de vista para que no le duela tanto cuando te vea, así que no desperdicies más tiempo.
Tragué saliva. Las manos me temblaban. No sabía cómo solucionar todo esto, pero Lucía tenía razón y yo no quería acabar como mi abuela, sola y con el amor de su vida a cientos de kilómetros.
Salimos fuera con las demás y advertí que Guille no estaba con los chicos. Esperé a que apareciese y empecé a ponerme nerviosa. La “nueva” tampoco estaba allí. Una crisis empezó a invadirme y un ataque de nervios se apoderó de mí. De pronto los vi volver juntos de dentro y se sentaron en un sillón del jardín cerca de donde nos encontrábamos. Lucía reparó en mi cara y fue a rellenar mi vaso, que se esfumó como la espuma. El alcohol entraba en mi cuerpo que daba gusto. Sentía celos, rabia e impotencia al verlos allí. Me sentí realmente mal, sabía que estaba borracha y me quería ir a casa a llorar como una niña pequeña.
En lugar de eso, me armé de valor y me planté delante de los dos.
- ¡Tú! ¡Eres imbécil! ¿Lo sabías?- Grité dirigiéndome a mi amigo.
- ¿Gabi?
- Eres un idiota que tiene que inventarse una relación con Lucía para darme celos y que no tiene el valor para decirme que quiere estar conmigo, porque te parece más fácil irte lejos y que nos distanciemos y dejar que esto no tenga ni un principio ni un fin, a intentar hablar conmigo. Y ahora intentas ligarte a ésta, para sentirte mejor. ¡Te odio Guillermo Martínez! ¡Esta noche te odio con todas mis fuerzas!
Solo cuando paré de hablar me di cuenta de que la gente nos miraba y de que yo estaba llorando a moco tendido. Ni siquiera sabía cómo había salido aquel discurso de mi boca porque me sentía mareada. Miré a mi alrededor y corrí como pude hacia la puerta, donde me quité los tacones y enfilé calle abajo a grandes zancadas.
Lágrimas negras por culpa del rímel resbalaban por mis mejillas. Sentí que alguien me llamaba pero no quería volver la vista atrás, solo quería correr hacia ninguna parte y perderme.
De pronto noté que se me nublaba la vista y que me caía al suelo. Y luego nada.
Amanecí en una cama ajena a la mía todavía con el vestido puesto. Mi cuerpo estaba entumecido y me dolían los pies.
Me incorporé y descubrí que aún estaba en casa de Jorge, lo que supuse que era una de las habitaciones que tenían para invitados. Fui al baño y me miré en el espejo. Tenía un aspecto horrible. Intenté asearme lo que pude y en un flash recordé todo lo ocurrido la noche anterior. Se me cayó el alma a los pies. Me pregunté qué habría pasado. No recordaba la mitad de lo sucedido.
Al salir del baño encontré a Guille en la habitación sentado en el borde de la cama. Me sonrió como él solo sabía, y me quedé petrificada.
- ¿Cómo estás?- Preguntó con vergüenza.
- Avergonzada.- pensé decirle muchas palabras más, pero esa resumía gran parte.
- Vine a ver si habías despertado y al ver que la cama estaba vacía, me he quedado a esperarte. He llamado a tu madre y le he dicho que nos hemos quedado todos aquí y que volveríamos para la hora de comer.
- Gracias. ¿Qué pasó anoche?- Me daba miedo formular esa pregunta.
- Te mareaste y te traje aquí. No quería que tu madre te viese en ese estado.- Me explicó.
- Gracias de nuevo. Guille yo…- Ni siquiera sabía por dónde empezar a disculparme. Intuía que mi actitud no había sido para nada madura.
- Gabi no necesitamos esto ahora. Te propongo que nos vayamos a casa, comamos, descansemos, y quedemos esta tarde donde te apetezca.
Asentí sin más. No tenía fuerzas ahora para enfrentarme a conocer los detalles de la noche anterior.
Sin más dilación, me acompañó a casa y quedamos en vernos sobre las 9 para pasear por la judería. Era la hora que más me gustaba en verano, pues los bares estaban a rebosar de extranjeros y esa zona hervía de vida.
Pasé toda la tarde ensayando mi discurso, quitando y añadiendo palabras inútiles que solo querían expresar lo enamorada que estaba de él y lo arrepentida que me sentía de mi comportamiento.
Cuando llegó la hora, fui yo a buscarlo a casa. Sabía que esa noche me tocaba dar a mí todos los pasos. El paso que mi abuela no dio con Eduard, me tocaba esa noche darlo con mi mejor amigo.
Caminamos en silencio durante un buen rato, callejeando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar. Intercambiábamos miradas y palabras mínimas y no paramos de andar hasta llegar al puente romano, donde nos quedamos apoyados en uno de sus muros.
Nos miramos y sonreímos.
- Lo siento. – Solo salió eso de mí.
- Shhh.
Guille posó un dedo sobre mis labios y me acercó hasta él.
- Llevamos muchos años juntos y he tardado en darme cuenta de que eres la tía más genial que conozco. No quiero ser un cobarde. Quiero poder decirte todos los días que te quiero, Gabi. No me importa en absoluto que anoche los dos nos comportáramos como idiotas, ahora solo me importas tú.- Me lo dijo con toda la sinceridad de la que fue capaz.
Mis piernas no dejaban de temblar y mi corazón bombeaba sangre a la velocidad de la luz. Mi mano buscó su pelo y él posó la suya en mi cintura acercándome a su cuerpo. Sus labios se posaron en los míos y una electricidad nos recorrió a los dos. Mi otra mano bajó por su espalda mientras nuestras bocas se buscaban. Fue el primer beso compartido, de los muchos que vendrían después.
Esa noche caminamos juntos a casa de la mano. Quizás no había sido tan feliz en toda mi vida.
Cuando me dejó en casa y me volvió a besar, todo me supo a despedida y a comienzo a la vez, de algo nuevo en mi vida, y sabía que aunque estuviésemos lejos a partir de ahora, siempre seríamos Gabi y Guille, igual que siempre fueron Gabi y Eduard.
Al tumbarme en la cama y cerrar los ojos, me di cuenta de que mi abuela ya no estaba conmigo. Se había ido después de haber podido transmitirme su historia, y de un modo u otro supe que llegó y se fue en el momento adecuado de mi vida en el que yo necesitaba respuestas.
“Gracias por todo abuela.” Y con ese pensamiento me quedé profundamente dormida.
Bueno, pues aquí termina nuestra historia compartida entre Ángela y una servidora. Espero que os haya gustado y gracias a los que han parado a leer :)