Hago y escribo lo que me sale y me viene en gana.

domingo, 4 de septiembre de 2011

La caja de cerillas. (Continuación)


6º capítulo.

El día llegó y me sorprendió con sueños en los que las fotos de mi abuela se entremezclaban con cartas de Eduard y en las que aparecía un Guille diferente al que siempre había conocido. Me desperté confusa y con un hambre voraz, así que lo primero que hice al poner los pies en el suelo fue bajar a desayunar.
Mientras devoraba y saboreaba cada bocado de mi tostada con mantequilla y mermelada de frambuesa, pensé en mis sueños, en lo ocurrido la noche anterior, y me di cuenta de que aquel verano me iba a volver completamente loca. Medité sobre mis sentimientos hacia aquel chico que conocía desde hacía años y me di cuenta de que no podía sentir aquello, que la noche me confundió y que lo que yo interpreté como un sentimiento, solo se trataba de que me estaba haciendo mayor y no tenía a nadie que satisficiera mis necesidades de mujer… o eso creía yo.
Estaba terminándome el zumo, cuando mi móvil sonó. Era un mensaje de Guille: “Gabi me voy a Sevilla! Me han admitido en arquitectura!! Llámame cuando despiertes.”
Al principio me quedé helada, no sabía en qué día ni hora vivía. Subí las escaleras de dos en dos y casi me da un infarto hasta que el ordenador se conectó. Rápidamente abrí la página de la universidad, metí mis datos y… y una sonrisa inundó mi cara. Estaba admitida en Filología Hispánica en mi ciudad.
Siempre se me habían dado bien las letras, los libros eran parte de mi vida y escribir en mis ratos libres era lo que más feliz me hacía, además de que las matemáticas y yo no llegamos a ser muy amigas. Sin embargo a Guille se le daban mejor los números… y se iría a Sevilla, lejos de mí. Descolgué el teléfono y marqué su número.
-          ¡Guille! Entro en Filología.
-          ¡Enhorabuena Gabi! Sabía que al final acabaríamos haciendo lo que más nos gusta ¿Te apetece quedar esta noche para cenar juntos y celebrarlo?
-          Me parece estupendo. – Quizás después de todo, seguía queriendo pasar algo de tiempo conmigo.
-          Te recojo en tu casa y vamos a comernos una buena pizza si te parece bien.

Cuando colgué, una nostalgia me invadió. Después de 18 años, la vida iba a separarnos, y aunque no estuviésemos tan lejos, cada uno tendría amigos y amores nuevos, y quizás el tiempo nos fuera distanciando. Intenté apartar esos pensamientos de mí. Aún quedaba mucho verano por delante y ya llegaría el momento de las despedidas.

Después de arreglar y recoger un poco mi habitación, pensé que sería buena idea volver al tema de mi abuela, mayormente porque el verano ponía en mi mano demasiado tiempo libre que no sabía cómo emplear.
Decidí recopilar todas las pertenencias que mi abuela me había dejado, tanto las que dejó en herencia como las que yo decidí coger de su casa. Encima de mi mesa había un cofre, una caja oxidada que contenía cajitas de cerillas, un puñado de cartas de un tal Eduard y una foto antigua en una playa. Era todo lo que tenía y aún no sacaba nada en claro con todo aquello.
Me fijé en el cofre. Desde que destapé su secreto, no había sido capaz de volver a abrirlo. Tenía una energía que me asustaba, pero algo me decía que tenía que desvelarme ciertos asuntos y que sería una pieza esencial en mi investigación.
Guiada por mi intuición, introduje la llave en la cerradura y la tapa se abrió sola. Me quedé esperando con los ojos cerrados a que pasara algo extrasensorial, pero no noté nada extraño a mi alrededor. Al abrir los ojos todo seguía igual, nada se había movido de su sitio.
Volví a examinar aquella palabra escrita en la cubierta. “Desidium”, dije para mí en voz alta. Algo se movió en aquel escritorio. No pude saber qué hasta que abrí aquella caja de latón y descubrí que una de las cajas de cerillas se había abierto un poco. Me quedé sorprendida al entrever que no parecía contener cerillas dentro, y cuál fue mi asombro al ver que su interior lo ocupaba un anillo de oro blanco con un diamante pequeño, y a los lados dos pequeños zafiros de un azul intenso. Por lo que pude deducir era un anillo de compromiso. Era realmente precioso. ¿Cómo es que mi abuela había guardado en aquel lugar un objeto tan preciado?
Observé detenidamente los grabados de la caja. Las letras no se distinguían bien, pero supuse que provenía de un restaurante que no sabía si seguiría existiendo en Barcelona.
Aquello cada vez se ponía más complicado y las pistas dadas por mi abuela no eran del todo brillantes. Tendría que dar pasitos de hormiga para sacar algo en claro de todo ese embrollo.
Me quedé mirando aquel anillo, pensativa. Si había sido un regalo del tal Eduard, tal vez tuviera demasiado que ver en la vida de mi abuela, y en consecuencia, en la de mi madre y mi tía.
Debía indagar sobre el paradero de aquel señor, si es que aún seguía con vida. ¿Pero por dónde empezar? Quizás otra visita a la casa de mi abuela me obsequiaba con más pistas sobre aquel desconcertante pasado.
Estaba sumida en mis pensamientos cuando oí que algo se caía en la habitación de al lado. Nunca lograría acostumbrarme a aquellos sobresaltos que ponían mi corazón a mil por hora.
Me levanté corriendo de la silla y fui a ver qué sería esta vez.
Aquella habitación se había convertido con el paso de los años en otra estancia para mí. Después del sufrido aborto de mi madre, mis padres desecharon la idea de darme un hermanito, así que aquel cuarto destinado a alojar un bebé, le dio la bienvenida a una mesa de ordenador y alguna estantería repleta de enciclopedias y diccionarios.
Cuando fui creciendo, mi interés por la lectura fue tan enorme que devoraba los libros y estos no cabían en mi habitación, por lo que mis padres decidieron regalarme aquel sitio y convertirlo en una mini biblioteca privada, con un sofá repleto de cojines al lado de la ventana, un flexo de colores y unas cuantas estanterías llenas de libros de arte, historia, poesía y novelas de todo tipo. Era mi pequeño rincón.
Cuando abrí la puerta vi un libro en el suelo. Al mirar la portada lo reconocí enseguida.  “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago. El último libro que me regaló mi abuela hacía ya 10 años. Siempre me había dicho que era obligatorio tenerlo en mi colección, así que me obsequió con el suyo. Al decir verdad nunca lo había leído, quizás porque siempre tenía otro a mano que se me hacía más gustoso leer. Me agaché y lo cogí. Fui pasando página por página hasta dar con lo que mi abuela quería que encontrase. Y ahí estaba, era una invitación de boda, pero no a una boda cualquiera, sino a la de Eduard Ferrer y Gabriela Serra.
El libro calló de mis manos y ahogué un grito. Si aquella boda se llevó a cabo ya sabía quién posiblemente sería mi abuelo.

Con todo aquel cúmulo de pensamientos e ideas que se tenía en mi cabeza, había decidido que por ese día iba dejar aquel asunto apartado e iba a intentar que tanta información no me afectara.

A las 10 en punto sonó la puerta de mi casa y supe que mi amigo había llegado a por mí. No sabía a qué vino esa necesidad que tuve de emperifollarme de aquella manera. Con una falda de vuelo azul marino, una camiseta blanca que dejaba ver algo de escote, unas sandalias romanas y mi pelo liso con algo de color en los labios, salí a recibir a Guille.
Cuando abrí la puerta me esperaba con su casco en la mano y esa sonrisa que nunca lo abandonaba. La sensación que me inundó, fue totalmente desconocida para mí, y me di cuenta de que aquel tembleque que se había instalado en mis piernas no era una buena señal.
Después de comprarnos una pizza y dos cervezas nos fuimos en moto hasta aquel lugar que tanto nos gustaba en la zona de césped de la rivera. En verano, se llenaba de gente, y a mí me recordaba a los paseos marítimos, pero sin playa.
Estuvimos hablando de nuestro futuro, de los días que iría a verlo y de todos los fines de semana que él vendría para vernos. Hablábamos como si fuéramos una pareja, como si nunca pudiésemos vivir el uno alejado del otro. Le conté mis averiguaciones y todo lo relativo a la investigación que tenía entre manos, dejando los detalles espirituales a un lado.
-          ¡Vaya! Todo este tiempo sin saber el paradero de tu abuelo y sabes cómo se llama. ¿Por qué no me habías contado nada antes?
-          Porque pasas demasiado tiempo con Lucía.- Al decirlo me di cuenta que no había elegido las palabras adecuadas.- Quiero decir que, no te querido molestar, ya sabes, tú tienes otros planes.
-          Sí… La verdad es que paso bastante tiempo con ella, pero Gabi, no sabes cómo es. Bueno sí porque es tu amiga, pero quiero decir que… es genial.
Tragué saliva. Si iba a cambiar de tema y a detallarme todo lo que hacían juntos… no me apetecía escucharlo.
-          La verdad es que mola bastante. El único fallo es que no tiene nuestros gustos musicales.-Bromeó.- Pero me cuida y le gusto. ¿Cómo iba yo a pensar que le iba a gustar a una tía así?
Lo único que podía hacer era asentir y sonreír, aunque en el fondo, se estuviera despertando una bestia con ganas de largarse de allí y tirarse por el puente. Tenía que controlarme, no podía estar pasándome lo que me negaba a admitir.
-          … Y a veces discutimos porque tiene celos de ti. Jajaja. ¿Tú lo entiendes? Dice que tú me conoces más y que siempre estamos juntos. No se da cuenta de que eres como mi hermana…

Seguía hablando pero yo ya no lo escuchaba. Aquel comentario fue como una jarra de agua fría en pleno invierno. Se me formó un nudo en la garganta y no podía reaccionar. Estaba enamorado de ella, y a mí solo me veía como Gabi, su amiga de toda la vida, aquella con la que veía películas Disney mientras merendaban batido de chocolate, aquella con la que dormía cuando sus padres se iban de viaje o con la que aprendió a montar en bici.
Y para mí, Guille se había convertido de la noche a la mañana en ese amor que deseas con todas tus fuerzas y que es inalcanzable, porque tú estás en el otro lado, en otro mundo.
Yo estaba en el sitio que había ocupado toda su vida para él, y sería imposible poder moverme de ahí.

La cosa se pone interesante! Angie, sorpréndenos!! :)
La historia continúa en: http://cajitaderecortes.blogspot.com/

No hay comentarios:

Publicar un comentario