Hago y escribo lo que me sale y me viene en gana.

martes, 27 de septiembre de 2011

La caja de cerillas. (Final)

10º Capítulo

Mientras me duchaba y emperifollaba pensaba en cómo se les había podido ocurrir toda aquella historia que parecía sacada de una serie de televisión por lo enrevesada que era.
Un remolino de sentimientos se agolpaba en mi cuerpo, y no sabía cómo hacer para separarlos. Sentía rabia por pensar que había perdido un tiempo precioso pensando que Lucía y Guille estaban juntos, estaba cabreada con Guille, pero a la vez me invadía una felicidad extrema al saber que mi enamoramiento absurdo tenía correspondencia por parte de mi amigo.
Decidí llamar a Lucía, y después de pedirme perdón mil millones de veces y confesarme que fue idea de ella, quedamos en que aquella noche yo haría como que no sabía nada del asunto y actuaríamos como lo habían hecho durante toda la estación estival. Le conté todo sobre mis sentimientos hacia Guille y se alegró tanto, que no tuvo ningún problema en ayudarme en lo que necesitara aquella noche.

Saqué mi nuevo vestido calado color beige y me subí a unos tacones con los que debería afrontar la noche si quería estar despampanante. Le di color a mis labios y me hice un recogido bajo. Cuando terminé me miré al espejo y sonreí. Esa noche sería mi noche, y no iba a perder el tiempo como hizo mi abuela tantos años atrás. Pero antes, Guille merecía un pequeño castigo.
A las 11, como siempre puntual, mi querido amigo llamó a la puerta.
Casi me caigo de espaldas cuando lo vi con aquel pelo alborotado, tan guapo y tan distinto a los demás chicos, y con ese olor suyo que me embriagó nada más se acercó a mí para darme un beso en la mejilla.
-          ¡Vaya! Estás… muy guapa Gabi.- Dijo mientras noté como se le enrojecían las mejillas.
-          Gracias. Tú también lo estás.- Me hubiera encantado tirarme en sus brazos y decirle que lo amaba con locura, pero debía seguir mi plan a la perfección.- ¿Nos vamos?
Esa noche no cogimos la moto. Preferimos cogernos un bus para llegar a casa de Jorge.
Habíamos quedado con Lucía a mitad de camino, y según lo hablado, tenían que seguir actuando si yo quería que todo saliese como tenía previsto.
Al llegar, ella le plantó un beso a Guille, quedándose mi amigo con cara de pasmarote. Una sonrisa cómplice se nos formó en la cara a las dos y nos miramos divertidas.

Jorge era el típico chico que lo tiene todo, pero que es buena persona, no de los típicos que presumen de que viven bien. No, él tenía amigos por cómo era, no por lo que tenía.
Su casa estaba situada en una de las zonas más caras y pijas de Córdoba y nos solía invitar siempre que sus padres no estaban para pasar la noche o el día en su piscina.
Al llegar nos quedamos atónitos con la decoración. Supuse que todo aquello había sido obra de Marta, su novia. Todo estaba repleto de velas, y cintas de colores colgaban del techo allá donde fueses. Habían montado una especie de barra en el jardín y un foco daba luz a aquella zona. La música estaba alta y te invitaba a no parar de bailar. No había mucha gente, la suficiente para estar a gusto y pasarlo bien.
Poco a poco iba cogiéndole el punto a la noche y pronto el alcohol empezó a actuar como una mezcla explosiva en mi cuerpo.
Guille y yo nos mirábamos de reojo desde la otra punta del jardín donde hablaba con unos y con otros, mientras las chicas y yo nos movíamos en la zona de baile que habíamos dispuesto en mitad del césped.
Mi estómago era un revoltijo de nervios y en lo único que pensaba era que quería besarle y soltar todo lo que llevaba dentro.
De repente, Lucía me cogió de la mano y me llevó arrastrando al servicio.
-          ¿Se puede saber a qué estáis jugando?
-          ¿Qué? ¿Quién?- Pregunté haciéndome la loca.
-          Vamos Gabi… Lleváis toda la noche sin hablar, cada uno en una punta mirándoos de arriba abajo. No sé a qué estáis esperando la verdad.- Lucía me miró enfadada.
-          ¿Y qué se supone que tengo que decirle? No lo sé Lucía. Lleva conmigo desde que tenemos 3 años, y se me hace extraño verlo de otra forma. Y me resulta muy difícil decirle todo lo que le tengo que decir.
-          Pues ármate de valor antes de que la “nueva” quiera llevárselo esta noche.- Con la nueva nos referíamos a una prima de Irene que siempre venía en verano y que cada año se llevaba a algún miembro de la pandilla. Lucía me cogió de las manos y me miró muy seria.- Gabi, él piensa que no es correspondido, y no va a estar esperándote mucho más tiempo, ha perdido la ilusión y hasta tiene ganas de perderte de vista para que no le duela tanto cuando te vea, así que no desperdicies más tiempo.

Tragué saliva. Las manos me temblaban. No sabía cómo solucionar todo esto, pero Lucía tenía razón y yo no quería acabar como mi abuela, sola y con el amor de su vida a cientos de kilómetros.
Salimos fuera con las demás y advertí que Guille no estaba con los chicos. Esperé a que apareciese y empecé a ponerme nerviosa. La “nueva” tampoco estaba allí. Una crisis empezó a invadirme y un ataque de nervios se apoderó de mí. De pronto los vi volver juntos de dentro y se sentaron en un sillón del jardín cerca de donde nos encontrábamos. Lucía reparó en mi cara y fue a rellenar mi vaso, que se esfumó como la espuma. El alcohol entraba en mi cuerpo que daba gusto. Sentía celos, rabia e impotencia al verlos allí. Me sentí realmente mal, sabía que estaba borracha y me quería ir a casa a llorar como una niña pequeña.
En lugar de eso, me armé de valor y me planté delante de los dos.
-          ¡Tú! ¡Eres imbécil! ¿Lo sabías?- Grité dirigiéndome a mi amigo.
-          ¿Gabi?
-          Eres un idiota que tiene que inventarse una relación con Lucía para darme celos y que no tiene el valor para decirme que quiere estar conmigo, porque te parece más fácil irte lejos y que nos distanciemos y dejar que esto no tenga ni un principio ni un fin, a intentar hablar conmigo. Y ahora intentas ligarte a ésta, para sentirte mejor. ¡Te odio Guillermo Martínez! ¡Esta noche te odio con todas mis fuerzas!

Solo cuando paré de hablar me di cuenta de que la gente nos miraba y de que yo estaba llorando a moco tendido. Ni siquiera sabía cómo había salido aquel discurso de mi boca porque me sentía mareada. Miré a mi alrededor y corrí como pude hacia la puerta, donde me quité los tacones y enfilé calle abajo a grandes zancadas.
Lágrimas negras por culpa del rímel resbalaban por mis mejillas. Sentí que alguien me llamaba pero no quería volver la vista atrás, solo quería correr hacia ninguna parte y perderme.
De pronto noté que se me nublaba la vista y que me caía al suelo. Y luego nada.
Amanecí en una cama ajena a la mía todavía con el vestido puesto. Mi cuerpo estaba entumecido y me dolían los pies.
Me incorporé y descubrí que aún estaba en casa de Jorge, lo que supuse que era una de las habitaciones que tenían para invitados. Fui al baño y me miré en el espejo. Tenía un aspecto horrible. Intenté asearme lo que pude y en un flash recordé todo lo ocurrido la noche anterior. Se me cayó el alma a los pies. Me pregunté qué habría pasado. No recordaba la mitad de lo sucedido.
Al salir del baño encontré a Guille en la habitación sentado en el borde de la cama. Me sonrió como él solo sabía, y me quedé petrificada.

-          ¿Cómo estás?- Preguntó con vergüenza.
-          Avergonzada.- pensé decirle muchas palabras más, pero esa resumía gran parte.
-          Vine a ver si habías despertado y al ver que la cama estaba vacía, me he quedado a esperarte. He llamado a tu madre y le he dicho que nos hemos quedado todos aquí y que volveríamos para la hora de comer.
-          Gracias. ¿Qué pasó anoche?- Me daba miedo formular esa pregunta.
-          Te mareaste y te traje aquí. No quería que tu madre te viese en ese estado.- Me explicó.
-          Gracias de nuevo. Guille yo…- Ni siquiera sabía por dónde empezar a disculparme. Intuía que mi actitud no había sido para nada madura.
-          Gabi no necesitamos esto ahora. Te propongo que nos vayamos a casa, comamos, descansemos, y quedemos esta tarde donde te apetezca.

Asentí sin más. No tenía fuerzas ahora para enfrentarme a conocer los detalles de la noche anterior.
Sin más dilación, me acompañó a casa y quedamos en vernos sobre las 9 para pasear por la judería. Era la hora que más me gustaba en verano, pues los bares estaban a rebosar de extranjeros y esa zona hervía de vida.
Pasé toda la tarde ensayando mi discurso, quitando y añadiendo palabras inútiles que solo querían expresar lo enamorada que estaba de él y lo arrepentida que me sentía de mi comportamiento.

Cuando llegó la hora, fui yo a buscarlo a casa. Sabía que esa noche me tocaba dar a mí todos los pasos. El paso que mi abuela no dio con Eduard, me tocaba esa noche darlo con mi mejor amigo.
Caminamos en silencio durante un buen rato, callejeando, perdiéndonos y volviéndonos a encontrar. Intercambiábamos miradas y palabras mínimas y no paramos de andar hasta llegar al puente romano, donde nos quedamos apoyados en uno de sus muros.
Nos miramos y sonreímos.

-          Lo siento. – Solo salió eso de mí.
-          Shhh.
Guille posó un dedo sobre mis labios y me acercó hasta él.
-          Llevamos muchos años juntos y he tardado en darme cuenta de que eres la tía más genial que conozco. No quiero ser un cobarde. Quiero poder decirte todos los días que te quiero, Gabi. No me importa en absoluto que anoche los dos nos comportáramos como idiotas, ahora solo me importas tú.- Me lo dijo con toda la sinceridad de la que fue capaz.

Mis piernas no dejaban de temblar y mi corazón bombeaba sangre a la velocidad de la luz. Mi mano buscó su pelo y él posó la suya en mi cintura acercándome a su cuerpo. Sus labios se posaron en los míos y una electricidad nos recorrió a los dos. Mi otra mano bajó por su espalda mientras nuestras bocas se buscaban. Fue el primer beso compartido, de los muchos que vendrían después.

Esa noche caminamos juntos a casa de la mano. Quizás no había sido tan feliz en toda mi vida.
Cuando me dejó en casa y me volvió a besar, todo me supo a despedida y a comienzo a la vez, de algo nuevo en mi vida, y sabía que aunque estuviésemos lejos a partir de ahora, siempre seríamos Gabi y Guille, igual que siempre fueron Gabi y Eduard.
Al tumbarme en la cama y cerrar los ojos, me di cuenta de que mi abuela ya no estaba conmigo. Se había ido después de haber podido transmitirme su historia, y de un modo u otro supe que llegó y se fue en el momento adecuado de mi vida en el que yo necesitaba respuestas.
“Gracias por todo abuela.” Y con ese pensamiento me quedé profundamente dormida.

Bueno, pues aquí termina nuestra historia compartida entre Ángela y una servidora. Espero que os haya gustado y gracias a los que han parado a leer :)

lunes, 12 de septiembre de 2011

La caja de cerillas. (Continuación)

8º Capítulo

Pasaron dos días después de aquella tarde con Guille en la que descubrí aquel gran secreto. Una boda anulada por mi propia abuela que dejó a aquel hombre solo ante el altar y con el corazón roto. Ni siquiera estaba segura de que todo aquello fuese verdad, o realmente sería que no quería darme cuenta de que estaba revelando un pasado oculto que nadie sabía o del que nadie había querido hablar jamás.
Pasé esos dos días preparando mi discurso, preparando aquella explicación que debía darle a mi tía omitiendo todo lo sobrenatural que había estado rondándome desde el primer momento en el que abrí aquel cofre de madera, aquel cofre que tenía una conexión con mi abuela desde el más allá.
A las 5.30 de la tarde me cité con mi tía en su casa alegando que quería hacerle un regalo a mi madre, y que quería que ella me aconsejara.
Cuando me hubo puesto una taza de café y un trozo de bizcocho de ese que ella sabía hacer tan bien, la miré a los ojos e inmediatamente supo que había ido a su casa con otra intención, igual que lo hubiera sabido mi madre.
-          ¿Qué es lo que ocurre Gabriela?- Debió de leer la preocupación en mi cara.
-          Tía, ya es hora de que hablemos de Eduard.
La reacción de ella no fue ni más ni menos la que yo me esperaba. Cerró los ojos en un intento de mantener la compostura y con la voz quebrada me dijo:
-          Tienes todo el derecho a saber la verdad, pero antes dime cómo sabes el nombre de tu abuelo.
No tardé más de media hora en relatarle todo lo ocurrido desde el día en que tropecé y me topé con aquella llave. Aquella escapada a casa de mi abuela, las cartas, el anillo, la invitación, todo.
Mi tía escuchaba muy atenta e iba asintiendo sin interrumpirme, mientras los ojos se le llenaban de unas lágrimas que no llegó a derramar.
Al terminar no dijo nada. Se bebió el café de un sorbo y se levantó del sofá. Me hizo un gesto con la mano para que esperase sentada, y cuando regresó traía consigo una caja de zapatos.
-          Nunca os hemos contado nada. Tu madre y yo decidimos guardar aquel secreto que atormentó a tu abuela durante años y que me reveló antes de morir, un día de esos en los que me tocaba a mí quedarme con ella en el hospital.
Yo también hice mis averiguaciones de niña, pero mi madre no habló de Eduard en todos los años en los que vivió. Para ella, aquel señor estaba muerto, y eso nos hizo creer a tu madre y a mí.
Un día, la descubrí llorando en su habitación y vi que leía una carta que se dispuso a guardar en un cajón de la mesita de noche. Ese día descubrí que mi padre estaba vivo y que se llamaba Eduard, leyendo aquella carta.

Mi tía se dispuso a abrir la caja que llevaba consigo y de ella extrajo recuerdos que hicieron que se moviera algo en mi estómago y se me formara un nudo en la garganta. Me enseñó fotos de Gabriela y Eduard de novios, en los que la sonrisa de mi abuela daba vida a la foto.
-          Eduard sabía que existíamos y nos enviaba chocolates, juguetes, dinero,… Pero tu abuela se las ingeniaba para que todo aquello no llegara a nuestras manos, o si lo descubríamos, nos decía que eran regalos de nuestra familia de Barcelona.
Al crecer, intentamos olvidarnos de todo aquello y hacer como si nuestro padre no existiera. Teníamos todo lo necesario y tu abuela se encargó de que nunca nos faltara nada.
Nunca olvidaré aquella tarde en el hospital, dos días antes de su muerte.- Mi tía tragó saliva y se quedó mirando al infinito sin parpadear, como si estuviera rememorando la escena en su cabeza.- Me acuerdo que me hizo ir a tomarme una tila porque decía que lo que tenía que contarme era algo que no me creería fácilmente y que seguramente saldría huyendo de aquella habitación avisando a la enfermera de que su madre había perdido la cabeza.
Despacio, empezó a relatarme todo lo que ya sabes, sin dar demasiados detalles. Eduard le había sido infiel con Nuria y ella decidió que nunca más quería volver a verlo. Hasta ahí todo fue creíble, Gabi.- Me miró y pude sentir miedo en su mirada.- No sé si lo sabes, pero tu abuela había sido curandera cuando era joven. Se relacionaba con una mujer amiga de tu bisabuela, que le enseñaba a mezclar hierbas para quitar los dolores a gente enferma mientras recitaba unos cánticos extraños. Mi abuela decía que ella tenía un don. Un día, esa mujer, Antonia, la llevó a ver a una vieja sabia para comprar algunas cosas que necesitaban. Aquella vieja tenía fama de bruja en la ciudad y decían que leía el futuro en los ojos de la gente, y que todo lo que pronosticaba se cumplía. Tenía muchas visitas al día, la gran mayoría de mujeres que querían ver si podían tener niños o maridos que querían saber si sus mujeres les eran fieles.
 Tu abuela dejó que se lo leyeran. Según ella, una extraña energía se apoderó de su cuerpo cuando aquella mujer la tocó, y entró en una especie de trance en el que vio pasar imágenes de su futuro y supo que debía dejar a Eduard. Para ella, desde aquel día ya no volvió a ser la misma. Después de aquello, aquella mujer le vendió el cofre que años después tu abuela se empeñó en que tuvieras tú.- Mi tía rió con desgana y negó con la cabeza.- Como podrás imaginar, no me creo mucho de aquella historia Gabi. Para mí que mi madre quiso dejar a aquel hombre por aquel motivo, sin nada de magia extraña de por medio, y al estar tan dolida no quiso que supiésemos de la existencia de nuestro padre.

Nos quedamos calladas. Mi mente intentaba asimilar todo aquello que me tía me acababa de relatar.
-          Tía, y… ¿Qué sabéis de Eduard? ¿No habéis intentado hablar con él?
-          Mi supuesto padre está muerto cariño, o eso fue lo que tu abuela me dijo aquel día.

A mí había algo que no me encajaba pero supe que mi tía no me estaba ocultando nada.

-          Solo quiero que sepas que tu madre y yo hemos querido protegeros estos años de una historia que nadie sabe si realmente es la verdadera. Tu abuela nunca quiso que supiésemos que ese hombre existía, y tendría sus motivos, espero que lo entiendas tú también como nosotras lo entendimos en su día.
Y ya que sabes todo esto, te pediría por favor que guardases en un sitio seguro todo lo que tienes de tu abuela.
-          Claro tía. Muchas gracias por todo.
-          Sabíamos que algún día creceríais y tendríais curiosidad por saber.- Me sonrió con dulzura y me pasó la mano por el pelo.- ¿Quieres esperar a tus primos y quedarte a cenar?
-          No, me voy a casa, pero gracias.

Cuando llegué a casa me tumbé en la cama a pensar. Todo aquello era extrañísimo y más si mi abuela había querido que tuviese un cofre con poderes de una bruja, eso significaba algo.
Aún quedaban piezas sin encajar en mi puzzle.
Llamé a Guille para contarle todas mis averiguaciones.
-          ¿Y ya está? ¿No saben nada de tu abuelo? Venga ya Gabi, no me lo creo.- Mi amigo había estado callado mientras le relataba la tarde con mi tía.
-          Pues sí, a mí me faltan cosas por saber, pero no sé… En realidad creo que ellas no saben nada más de Eduard que lo que les contó mi abuela y lo poco que averiguaron de pequeñas. Mi tía sonaba sincera.
-          ¿Y si…?
-          ¿Qué?
-          El hermano de tu abuela, Daniel, ¿sigue vivo verdad? ¿Por qué no le hacemos una visita mañana? Si quieres te acompaño.
-          ¡Guille eres genial! Gracias por la idea. ¡Vaya! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Si él fue uno de los intermediarios, el único que sigue con vida, sabrá dónde vivía mi abuelo.- Me dieron ganas de decirle que lo quería locamente y que ya podíamos casarnos, pero me figuré que me tomaría por una loca.
-          Exacto. Esto está empezando a gustarme. ¡Menuda tienes liada!
Reímos los dos.
-          Por cierto, ¿has mirado el Facebook? Jorge, el novio de Marta, da una fiesta en su casa el fin de semana que viene, y estamos todos invitados. Por lo visto se queda solo y quiere liarla. Será una auténtica fiesta veraniega de adolescentes desfasados.- Rió y los dos nos imaginamos la que se podría liar.
-          Genial, necesito quitarme de la cabeza todo este lío.
-          ¿Nos vemos mañana para ir a ver a tu tío a la residencia entonces?- Guille había empezado a tomarse en serio todo aquello y supe que me ayudaría en lo que me hiciera falta.
-          Recógeme a las 6 que le hagamos una visita a mi querido tío Daniel.
-          Eso está hecho.

Colgué el teléfono y nos imaginé a los dos como Sherlock Holmes y su inseparable Watson, trabajando codo con codo, y pensé que no estaría mal que Sherlock fuese de tiendas y buscara algo para deslumbrar a Watson el día de la gran fiesta de verano.

Querida Angie, todo tuyo :)
La historia continúa en: http://cajitaderecortes.blogspot.com/

domingo, 4 de septiembre de 2011

La caja de cerillas. (Continuación)


6º capítulo.

El día llegó y me sorprendió con sueños en los que las fotos de mi abuela se entremezclaban con cartas de Eduard y en las que aparecía un Guille diferente al que siempre había conocido. Me desperté confusa y con un hambre voraz, así que lo primero que hice al poner los pies en el suelo fue bajar a desayunar.
Mientras devoraba y saboreaba cada bocado de mi tostada con mantequilla y mermelada de frambuesa, pensé en mis sueños, en lo ocurrido la noche anterior, y me di cuenta de que aquel verano me iba a volver completamente loca. Medité sobre mis sentimientos hacia aquel chico que conocía desde hacía años y me di cuenta de que no podía sentir aquello, que la noche me confundió y que lo que yo interpreté como un sentimiento, solo se trataba de que me estaba haciendo mayor y no tenía a nadie que satisficiera mis necesidades de mujer… o eso creía yo.
Estaba terminándome el zumo, cuando mi móvil sonó. Era un mensaje de Guille: “Gabi me voy a Sevilla! Me han admitido en arquitectura!! Llámame cuando despiertes.”
Al principio me quedé helada, no sabía en qué día ni hora vivía. Subí las escaleras de dos en dos y casi me da un infarto hasta que el ordenador se conectó. Rápidamente abrí la página de la universidad, metí mis datos y… y una sonrisa inundó mi cara. Estaba admitida en Filología Hispánica en mi ciudad.
Siempre se me habían dado bien las letras, los libros eran parte de mi vida y escribir en mis ratos libres era lo que más feliz me hacía, además de que las matemáticas y yo no llegamos a ser muy amigas. Sin embargo a Guille se le daban mejor los números… y se iría a Sevilla, lejos de mí. Descolgué el teléfono y marqué su número.
-          ¡Guille! Entro en Filología.
-          ¡Enhorabuena Gabi! Sabía que al final acabaríamos haciendo lo que más nos gusta ¿Te apetece quedar esta noche para cenar juntos y celebrarlo?
-          Me parece estupendo. – Quizás después de todo, seguía queriendo pasar algo de tiempo conmigo.
-          Te recojo en tu casa y vamos a comernos una buena pizza si te parece bien.

Cuando colgué, una nostalgia me invadió. Después de 18 años, la vida iba a separarnos, y aunque no estuviésemos tan lejos, cada uno tendría amigos y amores nuevos, y quizás el tiempo nos fuera distanciando. Intenté apartar esos pensamientos de mí. Aún quedaba mucho verano por delante y ya llegaría el momento de las despedidas.

Después de arreglar y recoger un poco mi habitación, pensé que sería buena idea volver al tema de mi abuela, mayormente porque el verano ponía en mi mano demasiado tiempo libre que no sabía cómo emplear.
Decidí recopilar todas las pertenencias que mi abuela me había dejado, tanto las que dejó en herencia como las que yo decidí coger de su casa. Encima de mi mesa había un cofre, una caja oxidada que contenía cajitas de cerillas, un puñado de cartas de un tal Eduard y una foto antigua en una playa. Era todo lo que tenía y aún no sacaba nada en claro con todo aquello.
Me fijé en el cofre. Desde que destapé su secreto, no había sido capaz de volver a abrirlo. Tenía una energía que me asustaba, pero algo me decía que tenía que desvelarme ciertos asuntos y que sería una pieza esencial en mi investigación.
Guiada por mi intuición, introduje la llave en la cerradura y la tapa se abrió sola. Me quedé esperando con los ojos cerrados a que pasara algo extrasensorial, pero no noté nada extraño a mi alrededor. Al abrir los ojos todo seguía igual, nada se había movido de su sitio.
Volví a examinar aquella palabra escrita en la cubierta. “Desidium”, dije para mí en voz alta. Algo se movió en aquel escritorio. No pude saber qué hasta que abrí aquella caja de latón y descubrí que una de las cajas de cerillas se había abierto un poco. Me quedé sorprendida al entrever que no parecía contener cerillas dentro, y cuál fue mi asombro al ver que su interior lo ocupaba un anillo de oro blanco con un diamante pequeño, y a los lados dos pequeños zafiros de un azul intenso. Por lo que pude deducir era un anillo de compromiso. Era realmente precioso. ¿Cómo es que mi abuela había guardado en aquel lugar un objeto tan preciado?
Observé detenidamente los grabados de la caja. Las letras no se distinguían bien, pero supuse que provenía de un restaurante que no sabía si seguiría existiendo en Barcelona.
Aquello cada vez se ponía más complicado y las pistas dadas por mi abuela no eran del todo brillantes. Tendría que dar pasitos de hormiga para sacar algo en claro de todo ese embrollo.
Me quedé mirando aquel anillo, pensativa. Si había sido un regalo del tal Eduard, tal vez tuviera demasiado que ver en la vida de mi abuela, y en consecuencia, en la de mi madre y mi tía.
Debía indagar sobre el paradero de aquel señor, si es que aún seguía con vida. ¿Pero por dónde empezar? Quizás otra visita a la casa de mi abuela me obsequiaba con más pistas sobre aquel desconcertante pasado.
Estaba sumida en mis pensamientos cuando oí que algo se caía en la habitación de al lado. Nunca lograría acostumbrarme a aquellos sobresaltos que ponían mi corazón a mil por hora.
Me levanté corriendo de la silla y fui a ver qué sería esta vez.
Aquella habitación se había convertido con el paso de los años en otra estancia para mí. Después del sufrido aborto de mi madre, mis padres desecharon la idea de darme un hermanito, así que aquel cuarto destinado a alojar un bebé, le dio la bienvenida a una mesa de ordenador y alguna estantería repleta de enciclopedias y diccionarios.
Cuando fui creciendo, mi interés por la lectura fue tan enorme que devoraba los libros y estos no cabían en mi habitación, por lo que mis padres decidieron regalarme aquel sitio y convertirlo en una mini biblioteca privada, con un sofá repleto de cojines al lado de la ventana, un flexo de colores y unas cuantas estanterías llenas de libros de arte, historia, poesía y novelas de todo tipo. Era mi pequeño rincón.
Cuando abrí la puerta vi un libro en el suelo. Al mirar la portada lo reconocí enseguida.  “Ensayo sobre la ceguera” de José Saramago. El último libro que me regaló mi abuela hacía ya 10 años. Siempre me había dicho que era obligatorio tenerlo en mi colección, así que me obsequió con el suyo. Al decir verdad nunca lo había leído, quizás porque siempre tenía otro a mano que se me hacía más gustoso leer. Me agaché y lo cogí. Fui pasando página por página hasta dar con lo que mi abuela quería que encontrase. Y ahí estaba, era una invitación de boda, pero no a una boda cualquiera, sino a la de Eduard Ferrer y Gabriela Serra.
El libro calló de mis manos y ahogué un grito. Si aquella boda se llevó a cabo ya sabía quién posiblemente sería mi abuelo.

Con todo aquel cúmulo de pensamientos e ideas que se tenía en mi cabeza, había decidido que por ese día iba dejar aquel asunto apartado e iba a intentar que tanta información no me afectara.

A las 10 en punto sonó la puerta de mi casa y supe que mi amigo había llegado a por mí. No sabía a qué vino esa necesidad que tuve de emperifollarme de aquella manera. Con una falda de vuelo azul marino, una camiseta blanca que dejaba ver algo de escote, unas sandalias romanas y mi pelo liso con algo de color en los labios, salí a recibir a Guille.
Cuando abrí la puerta me esperaba con su casco en la mano y esa sonrisa que nunca lo abandonaba. La sensación que me inundó, fue totalmente desconocida para mí, y me di cuenta de que aquel tembleque que se había instalado en mis piernas no era una buena señal.
Después de comprarnos una pizza y dos cervezas nos fuimos en moto hasta aquel lugar que tanto nos gustaba en la zona de césped de la rivera. En verano, se llenaba de gente, y a mí me recordaba a los paseos marítimos, pero sin playa.
Estuvimos hablando de nuestro futuro, de los días que iría a verlo y de todos los fines de semana que él vendría para vernos. Hablábamos como si fuéramos una pareja, como si nunca pudiésemos vivir el uno alejado del otro. Le conté mis averiguaciones y todo lo relativo a la investigación que tenía entre manos, dejando los detalles espirituales a un lado.
-          ¡Vaya! Todo este tiempo sin saber el paradero de tu abuelo y sabes cómo se llama. ¿Por qué no me habías contado nada antes?
-          Porque pasas demasiado tiempo con Lucía.- Al decirlo me di cuenta que no había elegido las palabras adecuadas.- Quiero decir que, no te querido molestar, ya sabes, tú tienes otros planes.
-          Sí… La verdad es que paso bastante tiempo con ella, pero Gabi, no sabes cómo es. Bueno sí porque es tu amiga, pero quiero decir que… es genial.
Tragué saliva. Si iba a cambiar de tema y a detallarme todo lo que hacían juntos… no me apetecía escucharlo.
-          La verdad es que mola bastante. El único fallo es que no tiene nuestros gustos musicales.-Bromeó.- Pero me cuida y le gusto. ¿Cómo iba yo a pensar que le iba a gustar a una tía así?
Lo único que podía hacer era asentir y sonreír, aunque en el fondo, se estuviera despertando una bestia con ganas de largarse de allí y tirarse por el puente. Tenía que controlarme, no podía estar pasándome lo que me negaba a admitir.
-          … Y a veces discutimos porque tiene celos de ti. Jajaja. ¿Tú lo entiendes? Dice que tú me conoces más y que siempre estamos juntos. No se da cuenta de que eres como mi hermana…

Seguía hablando pero yo ya no lo escuchaba. Aquel comentario fue como una jarra de agua fría en pleno invierno. Se me formó un nudo en la garganta y no podía reaccionar. Estaba enamorado de ella, y a mí solo me veía como Gabi, su amiga de toda la vida, aquella con la que veía películas Disney mientras merendaban batido de chocolate, aquella con la que dormía cuando sus padres se iban de viaje o con la que aprendió a montar en bici.
Y para mí, Guille se había convertido de la noche a la mañana en ese amor que deseas con todas tus fuerzas y que es inalcanzable, porque tú estás en el otro lado, en otro mundo.
Yo estaba en el sitio que había ocupado toda su vida para él, y sería imposible poder moverme de ahí.

La cosa se pone interesante! Angie, sorpréndenos!! :)
La historia continúa en: http://cajitaderecortes.blogspot.com/