Hago y escribo lo que me sale y me viene en gana.

domingo, 28 de abril de 2013

Lanzar la moneda.


Llevaba un sombrero de copa y una pajarita adornaba su cuello. El vestido de vuelo blanco roto que había sido de su madre caía ciñéndose a su cuerpo, y a nivel de la cintura se abría como los pétalos de una flor.
Estaba de pie, mirándose sus zapatos rojos de charol. En la mano llevaba una moneda que había encontrado en el camino. Era una moneda antigua, estropeada por el tiempo, y en la otra una rosa blanca. 
Le gustaban las rosas.
Una de las espinas se había clavado en su dedo índice y una gota de sangre roja intensa brotaba y salía hacia fuera como si buscara liberarse del torrente sanguíneo, como si ya no quisiera llegar de vuelta al corazón, ese corazón que nunca había llorado y que ahora se ahogaba en un mar de dudas infinitas.
Levantó la mirada y delante de ella se abrían dos caminos. Dos caminos muy distintos y a la vez atrayentes. En el de la izquierda se levantaba un cartel de "prohibido el paso".
Ella se acercó, lentamente, y con cada pisada, sus zapatos hacían ruido.
Mucha vegetación se abría ante sus ojos. Árboles de grandes copas daban cobijo a un sinfín de animales salvajes y exóticos. Jadeó. Daba miedo, pero a la vez excitación.
Retrocedió, y más decidida se aproximó a la linde del camino de la derecha. En este caso, los árboles eran escasos, y los ruidos de los exóticos animales disminuían. A los lados del sendero creían flores de mil colores, y si miraba hacia arriba, se podía ver el cielo, sin ningún árbol que obstaculizara su vista desde abajo. Este, al contrario que el anterior, transmitía paz y tranquilidad.
Ella volvió al sitio en el que estaba situada en un primer momento y cerró los ojos. Sabía que debía elegir, pero era indecisa por naturaleza.
Entonces abrió la mano y vio la moneda. Quizás si asignaba cara y cruz a cada uno de los caminos y dejaba la elección en manos de la suerte, podría ahorrarse el estar horas pensando el sendero a escoger y no llegaría tarde a su evento.
Sabía que eso siempre le funcionaba, no solo porque le sacaría de dudas, sino porque en los segundos en los que la moneda daba vueltas en el aire, ella sabría qué cara le gustaría que saliera.

Casper.


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